Pasó un año.
Un año de silencio cuidadosamente cultivado. No el silencio del secreto, sino el de una labor minuciosa, como el que precede al brote de una semilla plantada en tierra profunda.
La Fundación Aurora era, y no era, la misma.
Desde fuera, parecía haber entrado en una era de quietud académica. La mansión de Mayfair mantenía su fachada imponente, pero sus salones reverberaban con debates de simposios internacionales sobre «Ética de Tecnologías No Invasivas de Interfaz Humano-Ambiente» y