La biblioteca de Caleb en su apartamento de la ciudad era un espacio frío y despersonalizado, un reflejo perfecto del vacío que ahora sentía en su interior. Los estantes de caoba estaban repletos de libros de economía y derecho que nunca leía, y el retrato de su abuelo, el patriarca Winchester, lo observaba desde la chimenea con una severidad que parecía acusadora. El aire olía a polvo y a whisky caro, la botella de Macallan de veinticinco años que sostenía en la mano temblorosa ya estaba medio