Mundo ficciónIniciar sesiónEstoy siendo consumida por los nervios en esta silla frente a la puerta de la sala de reuniones. Apretando con fuerza la carpeta entre mis manos, ruego que en esta entrevista de trabajo me vaya bien y pueda obtener el puesto.
Alrededor, las demás candidatas parecen igual de nerviosas que yo, pero con la diferencia de que la mayoría estaba ajustando su ropa o retocando su maquillaje. Este sitio parecía más un casting de modelaje o actuación, todas las mujeres cerca de mí son preciosas y estilizadas.
Cierro más mi chaqueta y estiro mi pantalón, para intentar mejorar mi apariencia. Sin embargo, eso no es que sea posible, me burlo de mí misma dándome cuenta de ello. Desde pequeña fui acosada en mi escuela por mi peso, y de adulta, no es que haya cambiado ese aspecto.
Pero si de algo podía estar orgullosa era de mi cerebro. Mis calificaciones siempre fueron sobresalientes, y me gradué en Derecho como una de las mejores de mi promoción. Tenía una oportunidad.
O eso creo hasta que veo saliendo de la sala a una rubia hermosa con los ojos enrojecidos. Ella se va de prisa, claramente se notaba que había estado llorando en la entrevista. Eso causa una gran impresión en el resto de las candidatas.
—Otra más que sale llorando, la que entro antes que ella también se fue llorando… — dice preocupada una de ellas.
—Pobre de la que le toque a continuación — agrega otra.
—Sí… — toco mi cuello y susurro — Pobre de ella…
Hasta que… me doy cuenta de que soy el centro de atención de este lugar, porque me acuerdo que es a mí a quién me toca entrar. Nos ordenaron al llegar. Cierro mis ojos, tomo fuerzas y entro en la temida sala de juntas infernal.
He escuchado muchos rumores del CEO de esta empresa, que es un playboy que valoraba más el tamaño del pecho y lo firme del trasero de sus empleadas que su inteligencia, aun así, lo intentaré por el buen salario del puesto. No importaba qué clase de hombre fuese.
—Por fin, una que no parece prostituta — comenta la voz femenina a mi espalda.
Temblando cierro la puerta y pienso que esta entrevista empezará mal. Imagino que está llamando prostituta a la chica anterior, que por más ajustada y corta que fuese su falda, llamarle así era excesivo e irrespetuoso.
Al darme la vuelta y enfrentarme a mis entrevistadores, mis manos sudan tanto, que ruego no me pidan estrecharla. Cuando veo a quiénes están en la mesa, mis manos no son lo único que sudan. Allí está un hombre muy apuesto, tanto que es capaz de quitarme la respiración.
Sus ojos no paran de analizarme y siento que burlarse de mí con cinismo. En cambio, la mujer a su lado, esa que está concentrada en leer mi resumen laboral en su tableta, me da luego una mirada de tolerancia.
—Que sea ella, es muy adecuada — asegura la mujer que comparte muchos rasgos con el hombre.
El hombre frunce su ceño. No esperaba esto.
—Pero mamá… — dice sin ganas.
—Caleb, ya no puedes seguir siendo tan caprichoso como antes, tu padre está enfermo. Ahora tú administras nuestro imperio empresarial. Ella es… — esta me mira de pies a cabeza — “adecuada”, te permitirá concentrar toda tu energía en el trabajo. Te dará estabilidad.
Leo entre líneas lo que quiso decir. Quizás fea o gorda, inserte aquí el insulto de la mañana.
—¿Estabilidad? La oficina no parará de temblar a cada paso que dé — se burla con cinismo.
Qué gracioso, sonrío de la boca para afuera.
La madre ignora el comentario, me invita a hablar más de mi experiencia. Doy todo de mí, expongo mis habilidades y los proyectos en los que he participado con la mirada analítica de la mujer, y la del hombre cruel sobre mí.
—El puesto es tuyo, Viviana — termina diciendo la mujer.
—Vivienne, ese es mi nombre — le corrijo con la emoción abrumándome el pecho.
—Sí, sí, ve con Recursos Humanos. Empiezas mañana — me indica la mujer pidiendo que me vaya con su mano.
Agradezco que haya sido contratada con gran entusiasmo. Aunque al irme no puedo ignorar la expresión de mi nuevo jefe, no le agrada que haya sido contratada.
….
Llego a casa con una certeza, y una buena noticia que dar.
—¿Qué importa que no le agrade? Pase lo que pase, ganaré tiempo, dinero y no tendré que casarme a la fuerza — me habló a mí misma, luego llamó a Eva — ¡Mamá! ¡Conseguí el trabajo!
Eva baja de las escaleras con un vestido de gala que resplandece en brillos y contiene su espectacular figura. Me arrebata la carpeta con el contrato que hay dentro de ella, en lugar de felicitarme o abrazarme. No teníamos ese tipo de relación. Analiza el documento con sumo detalle, parece que los ojos se le van a salir.
—Ganarás el triple del salario de tu trabajo anterior, y es un contrato por tiempo indefinido — se alegra Eva, después me advierte lanzándome la carpeta al pecho — Ten cuidado y no vuelvas a perder este trabajo también; de lo contrario, te casas. ¡Aprovecha que aún no tienes treinta y todavía hay quien esté dispuesto a casarse contigo!
Después de advertirme, está bañándose en perfume y arreglando sus pendientes frente al espejo más cercano. La interrumpí de arreglarse al llegar.
—¿Saldrás esta noche? — pregunto — ¿A dónde?
—A conocer a mi futuro nuevo marido, si tengo suerte — asegura entusiasmada lanzándome un beso al aire y saliendo casi corriendo de nuestra casa.
No me queda más que suspirar. Desde la muerte de mi padre hace algunos años, mi madre se comportaba así con frecuencia. Yendo de fiesta en fiesta con sus amigas adineradas para encontrar un nuevo esposo.
El problema es que mi madre y yo estábamos casi arruinadas. La herencia que me dejó mi padre se ha ido en sostener su estilo de vida, y en pagar las deudas de sus negocios fallidos. Mi padre era un buen padre, no un buen negociante, el estrés lo terminó matando.
Mi celular suena entonces. Lo atiendo. Es mi amiga Martina que al contarle que había obtenido el trabajo, me pide que vayamos a celebrarlo a lo grande en un club popular de la ciudad.







