Mundo ficciónIniciar sesiónNarrado por Caleb Blackwood
El humo de los cigarrillos y las luces apagadas del área VIP del club Oasis, nos dan la privacidad propicia para hacer negocios con mis socios de la noche. En el piso de abajo hay muchos cuerpos bailando, sudando y perdidos en el alcohol.
Sin embargo, esta noche, no me les podré unir. Después de todo había venido por trabajo.
—No tenía expectativas contigo Caleb. Pero has cumplido con los favores que humildemente te hemos solicitado — me elogia Carlo, quien tenía a dos modelos con antifaces y, vestidos cortos a los lados. Atrás a sus dos matones favoritos.
Carlo Russo, es un viejo socio de la familia Blackwood. Sus influencias en el bajo mundo, y los contratos que ha hecho a más de un alma arder en las pailas del infierno, le han dado fama.
—Si la humildad es uno de los rasgos de tu personalidad, la responsabilidad afectiva, es uno de los míos — sonrío y provoco una buena carcajada de él.
—Los negocios de tu familia están quedando en las mejores manos. Tu padre no tiene nada de qué preocuparse — elogia éste.
Oh, mi padre tenía mucho de lo que preocuparse. Honor familiar o legado familiar, todos esos me importaban una m****a. Vivía mi vida bajo mis propias condiciones, pero todavía no podía tirar por la borda la fachada en la que he trabajado por tantos años.
Debo encontrarla, al precio que sea, aunque ese sea el de mi propia vida.
—¿Todavía tienes interés en buscar a esa mujer? No sé por qué te preocupa tanto una mujer, no son más que adornos prescindibles… y para pasar el rato — dice eso acariciando la barbilla de una de las mujeres a su lado.
Ella no hace más que reírse del chiste del anciano mafioso con edad para ser su bisabuelo. Podría estar de acuerdo con Carlo en muchas cosas, pero en eso no, por un pequeño detalle.
—Ella no es cualquier mujer, es mi hermana — le recuerdo.
Mi hermana fue secuestrada una noche hace veinticinco años, tenía apenas tres años cuando eso y yo seis. Decir que fue traumático que se la llevasen de mi lado, es poco. Fue como si me arrancasen un pedazo de piel y músculo del cuello a carne viva.
No volví a ser el mismo, mi madre tampoco volvió a ser la misma. Éramos felices, hasta que dejamos de serlo y nos volvimos los seres miserables que hoy en día somos.
—Las hermanas no paran de jodernos ni muertas ¿No es así? — se ríe a carcajadas.
No comparto su risa. Mi hermana no está muerta. No puede estarlo.
—¿Me darás lo que quiero o no? — pregunto.
Carlo comprende que fue muy lejos, cambia su tono, a él también le convenía el poder de mi familia. Ser enemigos sería un despropósito de nuestros poderes.
—Era un chiste para alivianar el ambiente. Si hubieses llegado más temprano, habríamos podido hacerlo, cielos. ¿Quién te distrajo entre sus piernas esta vez? ¿La actriz famosa esa?
Una mueca de desagrado me invade la cara al recordar a mi nueva empleada. Valeria, Valentina, Viviana, uno de esos nombres tenía y era cuanto menos, una mujer con un aspecto muy poco afortunado.
No era atractiva ni a la fuerza. Además de pasada de peso, llegó usando veinte kilos de ropa encima, y no paró de titubear en toda la entrevista. Lo que más odiaba en las mujeres era su falta de confianza. Aun así, Viena o como sea que se llame, resultó siendo gordita pero inteligente.
Era abogada y tenía otros logros académicos. Aunque, fuese a dañar la reputación de mi empresa de contratar exclusivamente mujeres preciosas, si contratarla calmaba a mi madre, que así fuese.
Dejo de pensar en ella, y me concentro en lo importante, esta negociación.
—Dame lo que me prometiste, y dejémonos de dar vueltas — pido.
—Impaciente, otra cosa en la que nos parecemos. Vamos a jugar un rato. ¿Te parece?
Sigo a Carlo por el laberinto de pasillos de este club a una habitación apartada. Una donde está amarrado a una silla y golpeado, Luis Fuentes, una escoria más de la lista. Es un ratero de poca monta que trafica droga usando niños.
Toda acción tiene una consecuencia en esta vida. Por ello, no muevo ni un dedo, ni me preocupo en lo más mínimo por la golpiza que le empiezan a dar los matones de Carlo. Lo golpearán hasta hacerlo hablar sobre el paradero de mi hermana o matarlo.
Lo que pase primero.
Prendo un cigarrillo y doy una larga exhalada de humo con sus alaridos de dolor de fondo.
—Ah, son como música para mis oídos.







