Confesiones.
El auto arrancó con un suave ronroneo del motor mientras ellos continuaban mirándose fijamente. Sus miradas iban entrelazadas en un momento que parecía detener el tiempo.
Emilia no podía creer que ese rostro tan perfecto, con facciones esculpidas como si hubieran sido creadas por un artista renacentista, tuviera un alcance de crueldad tan grande y desconcertante.
—Daña mi mano, no la de Kaan, a él le gusta mucho escribir y es su pasión más profunda. Si le dañan su mano, no podrá hacerlo por alg