Para Rosalía Karlsson no era un secreto que Iker estaba desprotegido hace mucho tiempo.
En sí, si ella quisiera asesinarlo lo habría hecho apenas fue echado de la mansión Lanús, cuando él vagaba por las calles sin rumbo ni protección, vulnerable ante cualquier ataque.
No obstante, su odio hacia su propio hijo iba más allá de quererlo muerto; era un sentimiento oscuro y retorcido que había crecido con el paso de los años como una enredadera venenosa.
Ella quería que toda la infelicidad posible s