Los días pasaron con una lentitud engañosa.
La cachorra creció, aunque no lo suficiente. Todavía se veía tan frágil para la crueldad del mundo real. Su llanto se volvió más fuerte. Sus manos, más firmes al aferrarse a los dedos que la sostenían. Sus ojos, todavía indefinidos en color, comenzaron a abrirse con más frecuencia, atentos, curiosos.
Y con cada día que pasaba, el murmullo regresaba.
No era un rumor nuevo. Era una afirmación que se repetía con la seguridad de quienes creen recordar mej