Noah no tenía un motivo real.
Eso fue lo que se dijo, hasta medio convencerse.
Uno de los soldados del perímetro le había entregado una pieza tallada a mano: un muñequito de madera pulida, con forma de loba, los bordes suaves, los ojos apenas marcados. No era un objeto valioso. No tenía simbología ritual. No era una ofrenda; se trataba de un simple juguete.
Y aun así, Noah no lo dejó en manos de nadie más.
Lo sostuvo unos segundos, lo giró entre los dedos… y se dirigió al área interna sin