La puerta de la habitación se abrió sin previo aviso. Era Freya, que, movida por los celos, había decidido ir hasta ahí, impedir que el alfa tocara a esa loba deforme y fea.
Lucian ladeó la cara y la miró de pie, con el ceño levemente fruncido. Soltó el cabello de la vidente; lo que hizo que ella cayera al suelo de rodillas.
—Alfa —lo llamó Freya, sin distinguir si castigaba a Leah o si estaban a punto de tener intimidad.
—No te he dicho que toques antes de entrar —su voz sonó baja y peligrosa.