- Si gracias Isabel. Cuando termine la sesión con tu marido, te llamo porque voy a mantener una conversación con los dos---tomó su cuaderno y nos prestó atención, como esperando que algo pasara.
Agarré la mano de mi esposa y la sujeté con miedo, pues no quería verla salir por esa puerta.
- Necesito que mi esposa se quede, por favor---supliqué como un niño. Seguro que hice una mueca porque la terapeuta abrió los ojos como platos pero enseguida cambió la vista de mi hasta Isabel preguntándola