Ámbar abrió los ojos de par en par, como si la revelación hubiera detonado algo dentro de ella. Sus párpados se elevaron bruscamente, dejando a la vista todo el asombro que la embargaba.
Parecía casi incapaz de procesar lo que acababa de escuchar; sus labios se entreabrieron, pero por un instante no consiguió articular palabra alguna. Era una sorpresa tan descomunal, tan fuera de toda expectativa, que su mente apenas podía asimilarla.
—¿Qué? —susurró ella—. ¿Desde la primera vez que me viste… dices? ¿Cómo es eso posible?
—Fue difícil contenerme —confesó Raymond con una sinceridad limpia—. De verdad… fue complicado actuar como si solo buscara saldar cuentas con un enemigo y fingir que no me importaba si eras o no mi esposa. Yo… traté de mantener esa fachada, esa frialdad, pero a medida que nos fuimos acercando, se volvió imposible. Cada día hizo que me fuera más difícil reprimir lo que sentía.
Ámbar parpadeó, enmudecida, mientras él continuaba.
—Por eso me acercaba tanto —prosiguió Ray