Pasaron muchas horas. El día fue avanzando lentamente hasta que la noche comenzó a caer, y Alaska no daba señales de regresar. Ámbar empezó a inquietarse. Se suponía que su hermana solo había ido a alimentar a la bebé; no había ninguna razón para que se demorara tanto tiempo.
Por un momento pensó que quizá Vidal y Alaska se habían reconciliado y que, por esa razón, ella había decidido quedarse en la casa. Sin embargo, no tenía forma de confirmarlo.
Intentó comunicarse con Alaska, pero no obtuvo respuesta. Su teléfono parecía apagado o fuera de alcance. Tal vez lo había perdido, o lo había dejado olvidado en la casa de Vidal. Ámbar llamó una y otra vez, sin éxito. Luego marcó el número de Vidal, pero tampoco respondió.
No había mensajes, no había llamadas, no había ninguna explicación. Alaska tampoco había tomado la iniciativa de avisarle que no volvería esa noche ni de darle alguna señal de que todo estuviera bien.
La inquietud se transformó en una preocupación creciente y una sensaci