Con el paso del tiempo, los años fueron acumulándose unos sobre otros y los niños crecieron bajo la calma de una vida que, poco a poco, encontró su equilibrio. Ámbar tomó una decisión firme desde el principio: no engañar a Celestine. Aunque la niña la llamaba "mamá" y estaba convencida de que ella lo era, Ámbar consideró que la verdad, dicha con cuidado y en el momento adecuado, era una forma de respeto.
Así, conforme Celestine fue creciendo y comenzó a formular preguntas, Ámbar le mostraba fotografías de Alaska y de Vidal, señalándolos con suavidad y explicándole que ellos eran sus padres biológicos. No utilizaba palabras duras ni conceptos que una niña no pudiera comprender; hablaba de ausencias, de personas que se habían marchado y que ya no podían regresar, envolviendo la realidad en un lenguaje delicado que protegiera su sensibilidad.
Ámbar nunca le dijo a Celestine que Vidal no era su padre. Por el contrario, sostuvo siempre que él lo había sido y que ambos, Alaska y Vidal, se h