El invierno en Brooklyn mordía con dientes finos y gélidos. Adriano llevaba horas inmóvil en el mismo banco del parque, el frío del hierro fundido calándole los huesos a través de la fina lana de su traje. No se había permitido mover, ni beber café, ni siquiera refugiarse en el coche. El malestar físico era un castigo mínimo, una penitencia autoimpuesta por el dolor infinitamente mayor que había causado.
Sostenía entre sus manos, ya sin guantes, el informe médico. El papel se había vuelto flexi