La clínica del doctor Amador era todo lo contrario a los fríos y impersonales consultorios médicos que Adriano recordaba de su adolescencia. La sala de espera estaba decorada con tonos cálidos, acuarelas de paisajes italianos y olía a limón y lavanda. La tranquilidad del lugar, sin embargo, no logró calmar el vendaval que rugía en su interior. Cada minuto de espera era una eternidad, un martilleo constante en sus sienes que repetía las palabras de su madre: *"Los milagros, aunque sean 'extremad