El sueño, plagado de pesadillas en las que Charlotte lo miraba con desprecio mientras se alejaba llevando a Sophie y a un bebé de rostro borroso, se quebró con violencia. Un golpe seco y autoritario en la puerta de su despacho resonó como un trueno en el silencio de la madrugada.
Adriano se incorporó de golpe, los músculos del cuello doloridos por la postura incómoda. La boca le sabía a cobre y a whisky rancio. Parpadeó, desorientado, mientras la luz grisácea del amanecer se filtraba por los ve