La Cacería
SOFÍA
La luz nunca cambia aquí.
Siempre este mismo halo pálido, suspendido sobre mi cabeza, temblando como un suspiro en agonía.
No sé si duermo o si deliro.
El metal de la silla se adhiere a mi piel, el aire huele a óxido y sudor.
Mis muñecas están quemadas por la fricción de las ataduras.
Tengo frío. Luego calor. Luego frío de nuevo.
Mi cuerpo ya no me pertenece, flota.
Pero mis pensamientos, ellos, se niegan a callar.
Cada vez que abro los ojos, él está allí.
Siempre a la misma distancia. Siempre esa misma calma imposible.
Él.
Alto, erguido, la mirada clara de un hombre que ha desaprendido la piedad.
— Deberías beber, dice mientras coloca una botella a mis pies.
Su voz no tiene nada de cruel. Eso es lo peor.
Es una voz tranquila, casi tierna.
Desvío la mirada.
— ¿Crees que vendrá? pregunta, divertido.
No respondo.
Se agacha lentamente, hasta estar a mi altura. Sus ojos me escrutan.
— Vendrá. Porque te ama. Y es exactamente por eso que estás aq