La Cacería
SOFÍA
La luz nunca cambia aquí.
Siempre este mismo halo pálido, suspendido sobre mi cabeza, temblando como un suspiro en agonía.
No sé si duermo o si deliro.
El metal de la silla se adhiere a mi piel, el aire huele a óxido y sudor.
Mis muñecas están quemadas por la fricción de las ataduras.
Tengo frío. Luego calor. Luego frío de nuevo.
Mi cuerpo ya no me pertenece, flota.
Pero mis pensamientos, ellos, se niegan a callar.
Cada vez que abro los ojos, él está allí.
Siempre