Elio
Me adelanto entre los escombros.
Los neones parpadean, el humo se eleva como una oración quemada.
Y ahí, en el centro, ella.
Sofía.
Atada, exhausta, pero viva.
Sus ojos se levantan, lentos, aturdidos.
Nuestras miradas se cruzan.
Y todo se desvanece.
Me arrodillo, desato los lazos.
Sus muñecas están en carne viva, sus dedos tiemblan.
Ella me fija, sin una palabra.
— Te he buscado, digo.
Una lágrima rueda por su mejilla.
— Sabía… que vendrías.
La abrazo contra mí, sin pensar.
Su cuerpo está helado. Su corazón late rápido.
Siento que el miedo se va lentamente de su aliento, reemplazado por una profunda fatiga, como si le hubieran robado las horas del mundo.
Detrás de nosotros, un barril se enciende.
Las llamas lamen las paredes, devoran las sombras.
El aire se vuelve irrespirable, impregnado de un olor a aceite quemado y metal caliente. Mis pulmones arden. Mis oídos zumban.
— ¡Despejen! grita Marco.
Me levanto, la alzo en mis brazos.
Mis hombres c