SOFÍA
No hay un grito, no hay un viento.
Solo este silencio, denso, tenso, que siempre precede a la catástrofe.
Camino descalza sobre el frío del suelo, el vestido aún arrugado de la noche. El aire huele a sal y a café olvidado. Elio se ha ido hace poco, y, sin embargo, ya tengo esta extraña impresión de que el mundo se ha vaciado de su respiración.
Dejo que mis dedos deslicen sobre la mesa, sobre la sábana que él ha dejado caer antes de irse. Todo parece aún tibio, vivo.
Y luego, un ruido.
Un crujido discreto, en algún lugar detrás de la puerta.
Me quedo paralizada.
— ¿Elio?
Nada.
Solo el vaivén a lo lejos. Y este latido sordo en mi pecho.
Me acerco lentamente. Mis pasos hacen temblar las tablas del suelo.
La manija gira por sí sola.
No tengo tiempo para entender.
La puerta se abre de un golpe seco,
una mano surge, me agarra, me empuja contra la pared.
Un aliento áspero, un olor a cuero, a hierro.
Son dos, tal vez tres. Siluetas negras, con cascos, sin una palabra.