SOFÍA
No hay un grito, no hay un viento.
Solo este silencio, denso, tenso, que siempre precede a la catástrofe.
Camino descalza sobre el frío del suelo, el vestido aún arrugado de la noche. El aire huele a sal y a café olvidado. Elio se ha ido hace poco, y, sin embargo, ya tengo esta extraña impresión de que el mundo se ha vaciado de su respiración.
Dejo que mis dedos deslicen sobre la mesa, sobre la sábana que él ha dejado caer antes de irse. Todo parece aún tibio, vivo.
Y luego, un ruido.