Sofía
La vi llegar.
La estilista.
Toda recta, salida de una revista de moda, con una sonrisa congelada, el cuaderno en la mano, los brazos cargados de telas que brillan como promesas envenenadas. Olía a vainilla sintética y a éxito vacío, ese que se exhibe como un trofeo sin haberlo merecido realmente.
Me saludó con un tono demasiado alegre, demasiado cortés.
Me llamó señora Elven.
Y no corregí.
No hacía falta.
Ese nombre no se me adhiere a la piel. Se desliza.
Como si también se negara a encad