Cuando la puerta de la oficina se cerró detrás de sus hombres, un silencio denso y cargado se apoderó del lugar. El eco de los pasos se perdió en la inmensidad del almacén, dejando a Salvatore e Isabella a solas en su pequeño cubículo de poder. Él se acercó a ella, su figura imponente proyectaba una sombra oscura sobre el rostro de Isabella, que permanecía inmutable. La oficina, un espacio improvisado con una mesa de caoba que contrastaba con los muros de concreto, olía a whisky, sudor y ambici