El silencio en el despacho era un ser vivo, denso y cargado con el eco de sus promesas y amenazas. Salvatore, con el cuerpo temblando por una mezcla de rabia y deseo, la soltó. Isabella, con una sonrisa de depredadora, se deslizó del escritorio. Sus pies desnudos tocaron el suelo, y ella se deslizó hacia la silla de cuero, la misma donde él se sentaba para dar sus órdenes.
—Siete años... —dijo ella, su voz era un susurro que llenó el espacio, una melodía oscura que le heló la sangre—. Siete año