El aire en el pequeño despacho, improvisado dentro del gélido almacén, era tan tenso como el acero. Un teléfono de mármol y oro yacía hecho pedazos en una pared, con un agujero que mostraba la furia de Salvatore. El eco del almacén, con sus ruidos industriales y el frío de la noche, se filtraba por las paredes de la oficina, llenando el espacio con un ambiente sombrío.
Salvatore, con un traje de diseñador que contrastaba con el entorno sórdido, miraba a sus hombres, una docena de gorilas que te