El amanecer se desplegó sobre la fortaleza como un lienzo dorado. Los primeros rayos de sol acariciaron las murallas de piedra, que parecían brillar con una solemnidad antigua. Dentro, el movimiento era incesante. Sirvientes y guardias corrían por los pasillos, cargando cajas, flores y telas, mientras el eco de sus pasos se mezclaba con órdenes en varios idiomas.
Serena se despertó con el murmullo de voces lejanas y el aroma a pan recién horneado. Desde su balcón, vio la explanada de la fortaleza convertida en un hervidero: camiones descargaban ramos de rosas blancas y rojas, cocineros revisaban bandejas interminables, y los hombres de seguridad ajustaban radios y armas como si se prepararan para una guerra.
La iglesia de San Michele, a unos kilómetros de allí, también estaba en plena transformación. Sus muros centenarios habían sido adornados con cortinas de terciopelo rojo, mientras vitrales recién pulidos reflejaban la luz en destellos multicolores. Los pasillos se llenaban de arreg