El amanecer se desplegó sobre la fortaleza como un lienzo dorado. Los primeros rayos de sol acariciaron las murallas de piedra, que parecían brillar con una solemnidad antigua. Dentro, el movimiento era incesante. Sirvientes y guardias corrían por los pasillos, cargando cajas, flores y telas, mientras el eco de sus pasos se mezclaba con órdenes en varios idiomas.
Serena se despertó con el murmullo de voces lejanas y el aroma a pan recién horneado. Desde su balcón, vio la explanada de la fortalez