Las campanas de Venecia apenas comenzaban a sonar en la distancia, pero en los despachos más oscuros de Italia ya se respiraba inquietud. La fortaleza amanecía bañada por un sol implacable, y con cada minuto que pasaba, más autos de lujo y convoyes blindados se acercaban a la iglesia destinada al evento.
Salvatore
En su oficina abarrotada de pantallas, Salvatore golpeaba la mesa con el puño cerrado.
—¡Maldición! —rugió, mientras uno de sus hombres dejaba sobre el escritorio fotografías recién i