La puerta del despacho se cerró de un portazo que retumbó como un disparo. Corrado entró hecho una bestia, con el rostro desfigurado por la ira, las venas del cuello tensas y los ojos encendidos como brasas. Sus pasos resonaban sobre el mármol hasta que, sin contenerse, arrojó contra la pared el vaso de whisky que tenía en la mano. El cristal estalló en mil pedazos, dejando un rastro de líquido ámbar sobre las cortinas.
—¡Maledizione! —rugió, y de un manotazo barrió todos los papeles y objetos