El pasillo estaba sumido en una penumbra irregular, como si las luces parpadearan solo para anunciar que algo estaba terriblemente mal. Serena, aún débil, apenas podía sostenerse sentada. El monitor a su lado emitía un pitido acelerado, reflejo perfecto del terror que le subió por la columna al ver a la figura avanzar lentamente.
No era grande.
No era alta.
Pero el aura que la rodeaba era tan fría que el aire de la habitación se volvió irrespirable.
—¿Quién… quién eres? —preguntó Serena, forzan