El hospital nunca dormía del todo.
Solo fingía hacerlo.
Los pasillos estaban en penumbra, iluminados por luces frías que no daban consuelo, solo vigilancia. Cada sonido —un carrito metálico, pasos lejanos, una puerta cerrándose— parecía amplificado, como si el edificio entero escuchara.
Dante sí escuchaba.
No había abandonado su puesto ni un segundo. Permanecía sentado junto a la cama de Serena, el cuerpo inclinado hacia adelante, los codos apoyados sobre las rodillas, las manos entrelazadas co