El hospital nunca dormía del todo.
Solo fingía hacerlo.
Los pasillos estaban en penumbra, iluminados por luces frías que no daban consuelo, solo vigilancia. Cada sonido —un carrito metálico, pasos lejanos, una puerta cerrándose— parecía amplificado, como si el edificio entero escuchara.
Dante sí escuchaba.
No había abandonado su puesto ni un segundo. Permanecía sentado junto a la cama de Serena, el cuerpo inclinado hacia adelante, los codos apoyados sobre las rodillas, las manos entrelazadas con una tensión que no aflojaba.
Zhar estaba despierto.
Siempre.
Serena dormía, pero su descanso no era pacífico. Su frente estaba levemente fruncida, como si incluso en sueños su cuerpo supiera que el peligro no había terminado. El monitor cardíaco marcaba un ritmo estable, pero Dante no confiaba en números.
Confiaba en la intuición que lo había mantenido vivo cuando otros no sobrevivieron.
Y esa intuición gritaba.
Algo se estaba moviendo.
No afuera.
Adentro.
Dante se levantó con cuidado, apoyó l