El amanecer llegó sin luz.
Solo un gris espeso filtrándose entre las montañas, como si el mundo se negara a aclararse del todo. La fortaleza había despertado, pero no con rutina: con alerta contenida. Nada sonaba, nada sobraba. Todo estaba demasiado en su sitio.
Dante llevaba horas sin moverse del pasillo médico.
No vigilaba la puerta. Vigilaba el tiempo.
Cada segundo que Serena permanecía al otro lado era una negociación silenciosa con algo que no podía amenazar ni matar. Y eso lo enfurecía má