El tiempo en el hospital dejó de medirse en horas.
Se convirtió en latidos.
En pitidos irregulares.
En respiraciones contenidas.
En miradas que no se atrevían a formular preguntas por miedo a escuchar la respuesta.
Dante no se había movido del lado de Serena desde que llegó. Seguía allí, sentado junto a la camilla, la mano de ella atrapada entre las suyas como si soltarla pudiera romper algo irremediable. Ya no era Zhar. No era el estratega, ni el ejecutor, ni el hombre que había atravesado un infierno horas antes.
Era solo un hombre mirando a la mujer que amaba luchar contra su propio cuerpo.
—La presión está bajando —murmuró el médico, revisando los monitores—. Pero aún no estamos fuera de peligro.
Serena tenía los ojos cerrados, el rostro pálido, los labios secos. Cada respiración parecía costarle más que la anterior.
Dante inclinó la cabeza y apoyó la frente contra la mano de ella.
—Quédate conmigo —susurró—. No te atrevas a irte ahora.
Ekaterina observaba desde un rincón, los bra