El tiempo en el hospital dejó de medirse en horas.
Se convirtió en latidos.
En pitidos irregulares.
En respiraciones contenidas.
En miradas que no se atrevían a formular preguntas por miedo a escuchar la respuesta.
Dante no se había movido del lado de Serena desde que llegó. Seguía allí, sentado junto a la camilla, la mano de ella atrapada entre las suyas como si soltarla pudiera romper algo irremediable. Ya no era Zhar. No era el estratega, ni el ejecutor, ni el hombre que había atravesado un