La noche era inquieta en Sicilia. Salvatore se encontraba en su despacho, rodeado de pantallas y papeles, mientras sus hombres le entregaban informes uno tras otro. Había aprendido a no subestimar las señales, y lo que estaba leyendo lo mantenía con el ceño fruncido.
—Capo… —dijo uno de sus subordinados, nervioso—, la seguridad en el norte de Italia se ha multiplicado. Movimientos de hombres armados, autos blindados, alquiler de propiedades privadas… algo grande está pasando.
Salvatore encendió