Serena se sentó en el borde de la cama, la suave luz del atardecer filtrándose por la ventana de la caravana. El olor de la sopa de pollo y verduras se había desvanecido, reemplazado por un aire de seriedad que llenaba el espacio. Dante, con la ropa limpia y las heridas vendadas, la miró fijamente. Sus ojos, antes llenos de dolor, ahora ardían con un fuego gélido y peligroso.
—Tienes que decirme lo que pasó, Dante —dijo Serena, su voz firme, sin atisbo de miedo—. ¿Quién te hizo esto?
Dante su