El salón privado del antiguo palazzo de los Balestra estaba iluminado con lámparas de cristal que apenas dejaban ver las vetustas paredes de piedra. El ambiente olía a vino caro, a poder contenido y a planes oscuros. Corrado Balestra aguardaba de pie junto a una ventana, con la vista fija en la lluvia que caía sobre Calabria.
El sonido de los tacones de Isabella anunció su llegada antes de que la puerta se abriera. Iba vestida de negro, ajustada a su silueta, con un abrigo largo que apenas ocul