El silencio que siguió fue tan profundo que pareció tragarse el aire de la cámara.
Ella permaneció allí inmóvil, con la espalda pegada a la pared fría, mientras Zhar sostenía el cuchillo ceremonial como si fuese una extensión natural de su mano. La hoja, curva y oscura, reflejaba el resplandor rojizo que emanaba del altar como si respirara.
Él no avanzaba.
Ella no cedía.
La distancia entre ambos era mínima, pero una tensión brutal los separaba como un abismo.
—Zhar… —su voz tembló apenas, pero