El silencio que siguió fue tan profundo que pareció tragarse el aire de la cámara.
Ella permaneció allí inmóvil, con la espalda pegada a la pared fría, mientras Zhar sostenía el cuchillo ceremonial como si fuese una extensión natural de su mano. La hoja, curva y oscura, reflejaba el resplandor rojizo que emanaba del altar como si respirara.
Él no avanzaba.
Ella no cedía.
La distancia entre ambos era mínima, pero una tensión brutal los separaba como un abismo.
—Zhar… —su voz tembló apenas, pero no de miedo, sino de agotamiento. De estar siempre defendiendo pedazos de sí misma que él insistía en arrancar—. No puedes pedirme esto.
—No te estoy pidiendo —respondió él.
Su frase golpeó el aire como un latigazo.
Ella tragó, buscando palabras que no sonaran a súplica.
—No formaré parte de tus rituales. No voy a ayudarte a despertar… lo que sea que esté dormido aquí.
Zhar apretó la mandíbula, el músculo tensándose como una serpiente bajo la piel.
—Ya eres parte de esto —dijo con una calma que