El amanecer cayó sobre Milán con una calma que olía a pólvora. La neblina era densa, espesa, como si la ciudad misma quisiera ocultar lo que estaba a punto de ocurrir. En la entrada del almacén abandonado, una docena de vehículos blindados esperaban bajo lonas oscuras. Los hombres se movían en silencio, con miradas afiladas y gestos breves. Nadie hablaba mucho: todos sabían que ese día marcaría el punto de no retorno.
Dante ajustó los guantes de cuero, revisó la carga del arma y se quedó mirand