El aire estaba cargado de pólvora y venganza. Dante había desplegado el plano del almacén sobre la mesa metálica del búnker, con todos los hombres reunidos alrededor. La voz grave de Mikko rompió el silencio:
—Las cámaras están activas, pero con el pulso eléctrico que preparamos, quedarán ciegas unos segundos. Eso nos da tiempo para entrar.
—No necesitamos más —contestó Dante con frialdad, sus ojos clavados en el mapa—. Entramos, tomamos lo que necesitamos, dejamos un mensaje. Nadie juega con l