Stefano bajó del coche negro con pasos firmes. El aire salino de la costa le golpeó el rostro mientras levantaba la vista hacia la imponente mansión que se alzaba frente a él. Aun deteriorada por el tiempo, con muros cubiertos de musgo y ventanales polvorientos, se veía majestuosa. “Esto no es una casa —pensó—. Esto es un bastión esperando despertar.”
La compra se había concretado con discreción absoluta. Nadie debía saber que detrás de la transacción estaba Dante, y mucho menos Serena. Stefano