La noche estaba cerrada cuando el coche de Dante se detuvo frente al portón de la mansión en remodelación. Los reflectores aún no estaban instalados, pero los muros ya se levantaban más altos, cubiertos de andamios y hombres que trabajaban hasta tarde. El sonido de los taladros y martillos se mezclaba con el canto de los grillos.
Serena bajó del auto, ajustándose la chaqueta negra. Sus ojos brillaban al ver la silueta imponente del edificio, más vivo que la última vez que lo había visto en plan