El corredor descendía en espiral, tragándose cada rastro de luz a medida que avanzaban. Las antorchas azules no ardían: flotaban en silencio, como almas atrapadas en cristal. Cada paso que ella daba resonaba en las paredes húmedas, mezclándose con la respiración contenida de Zhar.
No hablaba.
No la miraba.
Pero su silencio pesaba más que cualquier amenaza.
Ella apretó los puños para ocultar el temblor.
Había intentado huir. Había visto una grieta, una posibilidad mínima, y la tomó… aun sabiendo que él siempre encontraba todo. Zhar era una sombra que no podía perderse, un monstruo que nunca dejaba escapar lo que consideraba suyo.
Y ahora, él caminaba delante de ella como un verdugo que arrastra a su sentenciada al fondo de un pozo.
—¿Vas a matarme? —preguntó finalmente, incapaz de soportar la tensión.
Zhar se detuvo tan abruptamente que ella casi chocó contra su espalda.
Él giró despacio, como si saboreara la pregunta.
—Si quisiera matarte —dijo con una calma peligrosa—, no habrías sob