La caravana blindada salió de Zhar aún bajo la sombra azulada del amanecer. Los vehículos avanzaban como bestias de acero, rugiendo sobre el terreno áspero mientras el viento helado golpeaba los paneles reforzados. Mikhail iba en el vehículo principal, sentado frente a Isabella, que mantenía la mirada baja. A su derecha estaba Dante, serio, en silencio; a la izquierda, Caterina, revisando mapas holográficos y rutas marcadas por el infiltrado que habían capturado.
El interior del transporte vibraba con un ritmo constante, como un corazón mecánico.
—Estamos entrando en territorio gris —anunció Caterina, señalando el mapa—. A partir de este punto no hay cobertura de las cámaras satelitales. Si los Hijos del Cuervo nos detectan…
—No lo harán —la interrumpió Mikhail, sin levantar la vista.
Caterina suspiró. Lo conocía demasiado bien. Ese tono significaba que su cabeza ya estaba en la batalla, no en la estrategia.
Dante rompió el silencio.
—Isabella —dijo con firmeza, obligándola a levantar