La noche cayó sobre Zhar como una manta pesada, densa y sofocante. El aire estaba cargado del aroma metálico de la tormenta que se formaba en el horizonte, y el palacio entero respiraba una tensión que parecía al borde de desgarrarse. Lo ocurrido horas antes —Isabella revelando más de lo que debía, Serena debilitándose hasta casi perder al bebé, Mikhail perdiendo por primera vez el control frente a toda la mesa de guerra— había dejado un rastro invisible que no se borraba ni siquiera con el silencio.
Serena reposaba en la habitación médica acondicionada exclusivamente para ella, rodeada de sensores, vidrios blindados y equipos preparados para cualquier emergencia. Aun dormida, tenía el ceño ligeramente fruncido, como si soñara batallas que no le pertenecían. Su piel estaba pálida, pero su respiración era firme. El bebé, según la última revisión, aguantaba. Latiendo. Resistiendo.
Mikhail estaba de pie junto a la camilla desde hacía tanto tiempo que su sombra se había vuelto parte del m