El primer sentido que regresó a Dante fue el dolor. No era una molestia, sino un fuego quemando cada nervio en su cuerpo, un recordatorio brutal de la traición. El segundo, el olor. Un extraño pero agradable aroma a pino y flores silvestres que se mezclaba con el penetrante olor a desinfectante. Abrió los ojos con dificultad, la luz tenue de una bombilla parpadeante lo cegó. La confusión se apoderó de él, pero se disipó rápidamente cuando vio el techo bajo y las paredes estrechas de madera. No