El aire en la caravana era espeso, cargado de la tensión que flotaba entre ambos. La mirada de Dante, aunque débil, era tan penetrante como siempre, y sus palabras habían caído como una sentencia de muerte. Serena lo miró con la misma frialdad, sus ojos de jade tan inexpresivos como el mar en calma. Él era un depredador herido, y ella, una mujer que acababa de salvarle la vida, era ahora la presa en su jaula.
—Escúchame bien, Dante —dijo Serena, su voz tan fría como el acero—. Yo no te pertenez