La luz tenue de la bombilla de emergencia parpadeaba, proyectando sombras sobre el rostro inerte de Dante. El aire en la caravana era pesado, cargado con el olor metálico de la sangre y el aroma a desinfectante. Mi cuerpo, una masa temblorosa de debilidad y agotamiento, se sentía como si estuviera a punto de colapsar. La pérdida de sangre me había dejado mareada y mi vista, en ocasiones, se nublaba. A pesar de eso, mi mente estaba en alerta máxima, mis ojos, como los de un ciervo, no se apartab