La oficina de Corrado Mancini estaba sumida en penumbras. Solo la tenue luz de una lámpara iluminaba su escritorio, lleno de papeles arrugados, botellas de whisky vacías y un cenicero rebosante de colillas. Su mano temblaba mientras sostenía la última carta que había recibido: informes confirmaban que en la fortaleza se había declarado abiertamente a la Ndrangheta como enemiga. Y lo peor, que Serena, su maldita sobrina, ahora era respaldada por La Roja.
De un golpe, Corrado arrojó la botella co