El eco de los disparos aún resonaba en los muros de la fortaleza cuando el último de los atacantes cayó abatido. El humo impregnaba el aire, mezclado con el olor metálico de la sangre. Los invitados respiraban agitados, algunos heridos, otros con la adrenalina aún recorriéndoles las venas.
Serena, con las manos firmes a pesar del temblor en su interior, bajó el arma que aún sostenía. Dante, jadeante, revisaba con la mirada cada rincón del salón, asegurándose de que no quedara ninguna amenaza. M