La fortaleza ardía de actividad desde el amanecer. No había música esta vez, sino un murmullo grave, pesado, que recorría los pasillos como una corriente subterránea de tensión. Serena despertó entre papeles, mapas y conversaciones entrecortadas. Dante ya no estaba en la cama; lo encontró en la sala de estrategia, con Mikhail y Leone inclinados sobre una mesa cubierta de planos.
—Así que esta es la jugada —dijo Dante con voz firme, trazando una línea roja sobre el mapa de Venecia—. Corrado ya n