La mañana comenzó con un ambiente pesado en las oficinas del Grupo Ferrer. El edificio, impecable como siempre, se llenaba lentamente del bullicio cotidiano de empleados que comenzaban su jornada laboral. Algunos conversaban en voz baja mientras otros caminaban con carpetas en mano, cruzando los pasillos con prisa.
Alejandro Ferrer entró por la puerta principal del edificio, impecablemente vestido, con una expresión seria que contrastaba con su puerta elegante. Saludó brevemente a los empleados