Las puertas de la mansión Ferrer se abrieron de par en par. El sol de la tarde bañaba el jardín con una luz dorada y suave, como si el universo también celebrara el regreso de Camila.
Adentro, la familia entera esperaba en silencio, manteniendo la respiración. Isabel de Ferrer caminaba de un lado a otro en el vestíbulo, con las manos entrelazadas y la mirada fija en la puerta. intranquila, pero con los ojos vidriosos de emoción. En un rincón, Irma, aún débil pero de pie, se apoyaba en el sofá.