El cielo aún conservaba el tono suave del amanecer cuando Camila despertó. Un tenue rayo de luz se filtraba por las cortinas de su habitación, proyectando líneas doradas sobre las sábanas. Todavía envuelta en la calidez del sueño, su mano se estiró para alcanzar el teléfono que vibraba sobre la mesita de noche.
—¿Aló? —contestó con voz somnolienta.
Al otro lado, una voz cálida y alegre la saludó.
—Buenos días, mi amor —dijo Adrien, sentado en su despacho desde muy temprano.
Camila esbozó una so